“¡Es el león más lindo de todos!”, les decimos emocionados a nuestros hijos cuando nos enseñan su primer garabato hecho con crayola amarilla. En realidad, el niño nos ve tan emocionados darles un beso, el abrazo más apretado y empezar a cantarles una porra que no les damos tiempo de pensar ni de decir absolutamente nada, ni siquiera pueden hacernos saber que su dibujo no es un león sino una nave espacial. Pero no nos preocupemos por eso, ya empezarán a revelarse y a hacer sonar su voz para decir “Mira mamá el cohete que hice”. Poco a poco, con este tipo de actitudes que nosotros como adultos pensamos como “reforzamiento positivo” los niños interiorizan que a nuestros ojos siempre estará perfecto lo que hagan, que ellos son los mejores en todo… y cómo no van a sentir eso si todo el tiempo les hemos dicho que brincan más alto que sus compañeros, que son los más inteligentes del mundo, que su voz es la más entonada del coro, en fin. Constantemente les aseveramos que son LOS MEJORES y MEJORES que cualquier otra persona. Me dí cuenta de lo anterior cuando lo experimenté en carne propia: soy la primera que la felicita por todo a mi hija y ahora que empezó a tomar clases de patinaje yo estaba en primera fila elogiándola. Durante la clase, hubo una competencia y, naturalmente, Arisa participó con toda la emoción del mundo, se divirtió muchísimo pero quedó en segundo lugar. Acabada la clase, tenía a una niña frustrada llorando porque no ganó el “huevo kínder” de premio. Para consolarla, la abracé fuerte mientras le decía lo orgullosa que me sentía de ella y de todo lo que ha logrado con tanto esfuerzo y dedicación pero que no siempre se gana. Ella secó sus lágrimas y muy inteligentemente me pidió que le comprara un “huevo kínder”. Estuve a punto de sucumbir a tal petición pero preferí enseñarle a mi niña dos cosas: ganar el primer lugar no es lo importante, sino el esfuerzo y dedicación que ponemos al hacer las cosas, que debemos disfrutar de los juegos, de las competencias o de las tareas sin buscar un premio como un chocolate o una medalla, porque el premio real será la satisfacción que tendremos y los recuerdos lindos que esto nos genere. Por otro lado, también le comenté que siempre habrá alguien mejor que nosotros en alguna actividad y nosotros seremos mejores en otra cosa, pero que esto no quiere decir que seamos buenos o malos, sino por el contrario, que tenemos que reconocer que hay gente más hábil que nosotros en el deporte o en el arte, por ejemplo, y que quizá, nosotros seamos mejores en la lectura o en armar rompecabezas, pero que podemos ayudarnos y admirar al otro en lo que hace bien. No está mal que les echemos porras a nuestros niños y los motivemos a ser mejores, pero no nos equivoquemos: una cosa es incentivarlos y otra, muy diferente (y dañina) es hacerlos creer que son el número uno. ¿Cuál es la diferencia? Incentivar es animarlos a enfrentar los retos, a perfeccionar la actividad que están llevando a cabo mediante la práctica, es hacerles ver que pueden aprender de sus errores para que la siguiente vez que lo intenten les sea más fácil emprender la tarea y culminarla con éxito. Hacerlos creer que son el número uno y que son el centro del universo (aunque para nosotros lo sean) lejos de ayudarles, les crea un sinfín de problemas y estos problemas se convertirán en nuestros en un futuro no muy lejano. A través de estas acciones lo único que fomentamos en ellos es la incapacidad de aceptar retroalimentación de cualquier tipo y hacerlos intolerantes a la frustración, al mismo tiempo que los volvemos egocéntricos y poco empáticos con su entorno, es crear unos pequeños “monstruitos” que estarán lejos de tener la humildad de reconocer errores, es alejarlos de la condición humana de equivocarse y crecer personalmente mediante el aprendizaje que esto nos brinda, es tornarlos caprichosos porque les hemos fomentado que ellos merecen todo. Es importante enseñarles a valorar todo lo que aprendemos en el proceso de mejorar: lo que ganamos en disciplina, en paciencia, en perseverancia, en entusiasmo, etc., y que eso nos hará mejores personas porque estamos desarrollando habilidades humanas. No busquemos el premio mayor de la lotería ni que nuestros hijos sean el primer lugar en el concurso de ciencias, enfoquémonos en ayudarles a ser mejores personas, en aprender de sus errores, reconocer sus debilidades y en hacer de ellos la mejor versión de sí mismos porque sólo así disfrutarán todo lo que hagan. Eso, entonces, será lo mejor que les pueda pasar. Luz del Carmen Flores Alcázar
Cuando creí haber perdido la razón, mi hija de 3 años me hizo encontrar la manera de razonar de nuevo. Enloquecida y estresada porque el bebé lloraba y ella no quería hacer la tarea, grité. En ese instante, la cara de susto y decepción de mi hija me hizo sentir la peor mamá del mundo pero, lo que más me dolió fueron sus palabras: “Mamá, no me gusta que me grites”.
La reflexión llegó de manera repentina y como balde de agua helada sobre mi cabeza. Mi hija tenía todo el derecho de exigirme que no le gritara pues, aunque sea su madre, no tengo por qué hacerlo. Decidí hacer un trato (últimamente esa es la manera en que ella y yo nos comprometemos para realizar ciertas actividades) después de pedirle una disculpa seguida de un gran abrazo lleno de arrepentimiento.
Los niños entienden, son sabios. Bajo esta premisa inicié entonces la siguiente reflexión: Mamá: ¿Sabes por qué gritó mamá? Arisa: Sí, porque no hago caso. Una vez dicho lo anterior, empezamos a hablar dejando a un lado dos palabras terribles que lejos de reformar sólo causan miedo: regaño y castigo. Empezamos a hablar de CONSECUENCIAS.
Me tomé el tiempo necesario para explicarle a mi hija que las consecuencias no son otra cosa sino la respuesta a nuestras acciones, ya sean buenas o malas. Puntualicé que si queremos consecuencias positivas debemos hacer cosas buenas, hacerlas bien o, en su defecto, recapacitar en el momento, pedir una disculpa, reconocer si hemos hecho mal, en fin. Cerramos la charla con un pacto: ambas estaríamos dispuestas a ceder. Ella haría caso y yo dejaría de gritar, así podríamos entendernos.
Esto ha servido para mejorar la relación entre las dos. Es obvio, la manera natural de comunicarse no es con gritos ni con amenazas, tal como sucede cuando hablamos de castigar y regañar ya que los niños, con estas medidas, sólo actúan por miedo a que les quitemos un juguete y no realmente porque estén interiorizando la importancia de hacer o no ciertas cosas, de pedir una disculpa, de ayudar, etc., en cambio, al hablar de consecuencias, los niños aprenden a reflexionar y a pensar antes de hacer (o no) las cosas. También, las consecuencias nos permiten establecer parámetros de comportamiento, por ejemplo: si brincas en el sillón (además de no estar permitido en casa), como consecuencia tendremos un mueble maltratado y un golpe en la cabeza. Si te pegas en la cabeza, puede salir un chichón o si es muy fuerte puede salir sangre y, tal vez, tengamos que ir al doctor. Y, si esto pasa, quizá no podamos ir a nadar el fin de semana.
Hablar de consecuencias nos invita a pensar y a dialogar con los hijos. Evitemos usar los castigos y los regaños; utilicemos la capacidad de razonamiento de nuestros niños, enseñémosles a pensar y a hacerse responsable de las cosas que hacen o dejan de hacer, teniendo en cuenta que nuestro papel es educar. Eduquemos con amor y paciencia, que es lo que ellos se llevarán consigo el resto de su vida.
Luz del Carmen Flores Alcázar
Centro Infantil Blanco&Negro




